Lo sé, lo sé. No publicábamos desde el año pasado. Pero cálmate porque hemos vuelto. Y también porque de eso sólo hace una semana.

Imagínate el siguiente disparate. Una gala dónde se cita a todas las emociones del ser humano. ¿Impactante, verdad? Un acontecimiento en el que se otorgan galardones de los más variados. Entonces llega el momento cumbre. Máxima expectación en el ambiente. Es la hora de entregar el premio a la emoción más inútil. Ha llegado el momento en el que tiene que recoger su estatuilla la culpa. Era previsible, no sé por qué tantas caras de sorpresa.

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O puede que no tanto. Quizá los asistentes de esa gala tan absurda cómo imaginaria no lo saben. La culpa es un asesina. Me la juego a que me demande, me da igual. Yo la tengo comparada con el alcohol. En común tienen que ambos están aceptados socialmente y que te hacen mierda por dentro.

También se me ocurre que los dos te ayudan a sentirte más pesado. Cada uno ocupa una zona. Seguro que más de una vez has notado como te pesaba la cabeza mientras no dejabas de darle vueltas a ese incidente que tuviste hace 17 años. Y si eres bebedor habitual, esa barriga no creo que sea por comer brócoli precisamente.

La emoción de las mil caras.

Otra cosa que se le da genial. Cambiar de aspecto. Coge forma de fusil y te ametralla. Dispara balas antipresente. Y si no te pones a cubierto, acertará de pleno siempre. Matará cada momento que pretendas vivir al máximo. Sus disparos harán en ti agujeros imaginarios por dónde se escapará tu energía. Lamentablemente, todos hemos aprendido a usar a la culpa para conseguir algo de alguien. Ya sea modificar su conducta o quitarnos a nosotros mismos las pulgas de encima.

Una situación que seguro que te resulta familiar. Estás a punto de hacer un cambio en tu vida. Algo no va bien y decides dar el paso para cambiarlo. Pero nuestra querida amiga se encarga de recordarte aquel momento del pasado. Aquel del que han pasado incontables años ya. Y tú, a pesar de eso, te aferras a ese sentimiento, y no mueves el culo. El intento de cambiar se queda en eso. En intento.

Otras veces somos nosotros mismos los que tememos al cambio. Y para no afrontarlo, hacemos un viajecito mental hacia el pasado. Nos culpamos de algo, y seguimos en la zona de confort.También es capaz de tomar forma de cárcel. Pasamos tiempo en la celda a cambio de perdón. Dictamos sentencia y listo. Y va a proporción. Cuanto más grave consideremos que haya sido el delito, más tiempo pasaremos entre rejas. De esta manera, creemos que obtendremos el perdón.

 

Hay dos días de la semana que nunca me preocupan.En los que estoy libre de miedos y temores.… Click Para Twittear

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Maneras de acabar con la bestia.

Pero…¿sabes lo más curioso de todo esto? Que somos nosotros mismos los creadores. Los que le damos la oportunidad a que tome tantas formas. Los que permitimos que haga con nosotros lo que le plazca. Pero tengo una buena noticia. La culpa va a ser tan poderosa cómo tú quieras que sea. Y existen varias estrategias para debilitarla. Aquí van algunas:

No tienes una máquina del tiempo. Asúmelo. Lo que hiciste en el pasado ahí se quedará. En el pasado. Por muchos viajes mentales que hagas, los hechos están ahí. No puedes modificar los recuerdos. Sé que te gustaría viajar a través del tiempo y cambiar más de un acto del que no estás orgulloso. Pero amigo mío, dejemos eso para las películas. Lo que si podemos hacer es interpretar los hechos a nuestro favor. Y obtener de ellos aprendizaje. Eso es lo que más nos va a beneficiar. Reenfocar y de esa manera, arrancar la culpabilidad.

Elimina la necesidad de aprobación. Para gustos, colores. Tienes que asumir que no a todo el mundo le va a gustar lo que tú has decidido ser. Me refiero a tus creencias, valores o gustos. La necesidad de aprobación es algo que está muy extendido en la sociedad. Y gran parte del sentimiento de culpa nace de ahí. Es imposible agradar a todo el mundo. Y cuando no se consigue, ahí aparece nuestra amiga. Es indispensable eliminar esa necesidad de aprobación para desprendernos de esta emoción tan desagradable.

Reconsidera tus valores. Puede ser que estés viviendo tu vida con valores impuestos. Valores que, ya sea de manera consciente o inconsciente, has decidido hacer tuyos, sólo por encajar. Por no ser raro. Y es ahí dónde puede que haya un choque de trenes. Los valores en los que tú de verdad crees contra los que finges creer. De esa colisión emerge esa pesadez, esa intranquilidad. Esa maldita culpa. Así que no veo nada mejor que puedas hacer que una revisión de tu sistema de valores.

Plántale cara. Cada vez que detectes que alguien usa la culpa para manipularte. Para cambiar tu conducta. O para conseguir que hagas algo. Demuestra que eso contigo ya no funciona. Enfréntate a las desilusiones que vas a causar. Lamentablemente, quién suele usar esta táctica, no está acostumbrado a que le sorprendan de esta manera. Cuanto más logres desconectar de la culpa, más difícil les resultará hacerte sentir culpable.

 

Anda, no seas travieso y acaba de leer todo el artículo. No querrás tener un peso enorme en tu cabeza hasta el fin de los días, ¿verdad? En caso de que seas un rebelde y hayas expulsado a la culpa de tu vida, te felicito. No es una tarea fácil. !Gracias por leernos!