Empezaré haciéndote una pregunta potente. ¿Puede una persona estar encadenada y al mismo tiempo pasear tan tranquila por la calle? Tu respuesta todavía no la sé. Pero la mía ya te digo que es un sí rotundo. No te hablo de cadenas físicas, por supuesto. Son cadenas mentales que te unen a tu pasado. Y adivina qué. Eres tú el creador. Aunque desde luego, no te ha faltado ayuda para construirlas.

El pasado y su correcto uso.

No voy a ser yo el que te diga que no mires atrás. Quien más, quien menos tiene un buen saco lleno de recuerdos maravillosos. Y claro que está bien abrirlo a menudo. Revivir esas experiencias que tanto te han aportado. Ya sea para bien o para mal. Porque de todo se aprende. De lo no tan bueno también se sacan valiosas lecciones.

Pero resulta que no sólo existe un sólo saco. Como mínimo yo diría que hay otro más. En este no has ido metiendo recuerdos, sino etiquetas. Y conforme las vas creando, las vas almacenando. Es un saco sin fondo, así que creas y creas. Y almacenas. Pero bueno, si la cosa se quedara ahí…

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El poder de las etiquetas.

Está a la orden del día etiquetar a los demás. La mayoría de veces, para mal. La etiqueta no nos deja ver más allá de la persona. O quizá la utilizamos cómo excusa para no hacerlo. Pero hoy te hablo de algo diferente. Las etiquetas que nos ponemos. Éstas no son mas que autodefiniciones que usamos con nosotros mismos. Lógicamente también creamos etiquetas positivas. Pero de esas ya hablaremos en otra ocasión.

Habrás oído más de una vez que si quieres ver a tu peor enemigo, basta con que te mires al espejo. No podría estar más de acuerdo. Usamos varias formas de dañarnos a nosotros mismos. Y una manera aparentemente inocente de hacerlo, es esta. Nuestras queridas amigas son un obstáculo formidable. Su trabajo es impedir que crezcas y que evoluciones. Se interponen en tu camino hacia el cambio.

Los orígenes.

Como te he dicho antes, ayuda para fabricarlas, no te ha faltado. Desde bien pequeño, te han ido colocando etiquetas. Y tú, inconscientemente, las has ido haciendo tuyas. Frases cómo “no se te da bien el fútbol” o “eres pésimo estudiando” son son algunos de los regalos que has podido encontrarte a lo largo de la vida.

Las diferentes clases.

Te presento los tipos de etiquetas más conocidas. Seguro que mientras lees, alguna te resulta familiar. Pero no pasa nada. Hay solución. Se puede acabar con ellas. Lo primero es identificarlas y saber un poquito más de ellas.

Antiesfuerzo. Aparece en muchas áreas de la vida. Tiene la capacidad de servirte cómo disculpa. Y te garantiza que no te esforzarás por cambiar. Puede manifestarse en formas cómo “soy malo aprendiendo idiomas” o “soy un mal estudiante”. Este tipo de etiqueta hará que evites realizar el arduo trabajo que se requiere para dominar una materia que no te resulta estimulante. Y que no por ello no te aporte algo bueno en la vida.

Acomodadoras. Si no eres el mejor, no lo hagas. Esto es lo que te diría esta etiqueta si pudiera hablar. Imagina que cuando eras pequeño te apuntaste a baloncesto. Por lo que fuera, no se te dio tan bien cómo esperabas. Ya de más mayor, te proponen jugar en un equipo de fútbol. Entonces recurres a la frase de “nunca se me ha dado bien el deporte”. Con esto consigues seguir en la zona cómoda. A parte de justificar alguna mala actuación en ese ámbito en el pasado.

Genéticas. Aquí sueles recurrir a la genética. Y hacer algo a lo que por norma general estamos muy acostumbrados. Echar la culpa a otros. En este caso, a tus padres. Los usas cómo motivo o excusa para negarte al cambio. Una buena manera de no evolucionar. Esta etiqueta está ligada a la personalidad. Y eso es precisamente lo que renuncias cambiar. Porque crees que está fuera de tu control. Todo por culpa de la creencia de que todo es culpa de la genética,

Protectoras. Estas etiquetas te protegen basándose en diferentes aspectos. Puedes usarlas para evitar enfrentarte con personas que tienen ciertas habilidades físicas. Que por cierto no has conseguido por la falta de actividad. En otro ámbito dónde puedes utilizarlas es en el amor. Usas esos “yo soy” recurriendo a tu físico. De esa manera evitas cualquier contacto con el sexo opuesto. Y por supuesto ese temido rechazo.

Conductuales. Te sirven para tapar actitudes hostiles. Cuando te sale la vena autoritaria, mandona o prepotente. “Yo es que soy así”. Y ya está. Cuando quieres tapar una mala conducta, esta frase es idónea. Te basas en una tradición inventada por ti mismo. De esta manera te excusas de comportarte de manera diferente. Sin arriesgarte a la vez que te aseguras de que los demás lo hagan a tu manera.

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Estrategias destructoras.

Aquí te dejo algunas pautas para dejar de lado esas inoportunas etiquetas.

  • Cada vez que detectes que estás a punto de soltar un “yo soy”, sustitúyelo por un “hasta ahora había decidido ser así” o “solía ser así”.
  • Pregúntale a las personas más cercanas a ti, cuales son tus “yo soy” más frecuentes. Y pídeles que que te los recuerden cada vez que se te escape alguno.
  • Ponte alguna meta para cambiar alguna conducta limitadora que hayas tenido hasta ahora. Por ejemplo, si te consideras vago, empieza a habituarte a hacer ejercicio.
  • Crea una especie de diario dónde escribas los “yo soy” que te surjan al cabo del día. Apunta el la fecha y la hora. Ves esforzándote para que la lista diaria cada vez sea más corta.
  • Asume que todos los “yo soy” son fórmulas de evasión y que puedes deshacerte de ellos para tener una vida más plena.

 

Con todas estas estrategias, ya eres más que apto para ir despegándote todas esas engorrosas etiquetas. Eres tu presente. No dejes que tus experiencias del pasado te juzguen y te limiten. Sé lo que quieras ser. ¡Gracias por leernos!