Apenas la conocía. Tal vez unas palabras intercambiadas en la infancia, en una relación perpetuada por las amistad de nuestros padres. Sin embargo, aquella cena sería diferente.

Todos charlaban animadamente, mientras yo moría de aburrimiento entre hipotecas, deudas y trabajos. La miré por un segundo y creí adivinar un atisbo de picardía que descarté rápidamente de mi imaginación.

La cena era de mi gusto, sencilla, estupenda: un ligero pollo al horno con el toque justo de vino. Ella parecía tan aburrida como yo, excepto por aquellos pequeños segundos de sonrisas veladas.

Todo ocurrió de repente: alcé la mirada y me encontré con la suya. Sus ojos eran firmes, desafiantes. Clavados en los míos dieron paso a las palabras de sus labios: – Voy al baño un momento.

No había nada de morboso en la afirmación. Se podría decir que era natural, pero algo me hizo encontrarle un doble sentido.

Pasó un minuto y comprendí que debía jugar mis cartas, si es que tenía verdaderamente una mano.

-Voy a llamar a un amigo.

Salí por la misma puerta que ella había cruzado un par de minutos antes y fui directo al baño. Todas las alarmas sonaban a la vez en mi cabeza, pero estaba seguro de que había existido aquella señal, no me la podía haber inventado.

Toqué a la puerta y se abrió lentamente. Ella me sonrió y yo la besé.

Todo fue muy rápido. Los dedos hablaban más que los labios. Por unos minutos el mundo se desvaneció, quedando tan solo aquel cuarto. Ella me miró triunfal, rebelde, subversiva.

Volvimos a la mesa, primero ella y, tras unos minutos yo. Nos miramos cómplices, sabiendo que nadie sospechaba nada.

No he vuelto a saber de ella.

Confieso que la historia no es real o, al menos, no me ocurrió a mí, pero estoy seguro que te has sentido identificado en algún momento.

Sabes perfectamente qué clase de mirada es la que describo, qué clase de emociones se adueñaron de ti aquella vez que viviste una situación similar. Y conectaste. Sin un sentido filosófico, ni racional, ni lógico ni nada de todo eso que entendemos que tiene que haber detrás de una conexión con otra persona.

Porque, a veces, una mirada con un desconocido te hace sentir un escalofrío tan intenso que que la piel se te hiela, el corazón te palpita y un par de ángeles bajan del cielo a tocarte el harpa. Porque conectar con alguien va más allá de la lógica, del sentido común o del raciocinio.

La conexión en el baile

Un ejemplo de conexión irracional es el baile. Bailar con un desconocido puede provocar sensaciones de lo más variopintas.

En ocasiones, se establece un momento de incomodidad: la forma de bailar no acaba de encajar, o el ritmo de la música os mueve de forma diferente.

En otras ocasiones, sin embargo, todo fluye: la música te invade, los ritmos de los dos cuerpos se acompasan y por unos minutos el mundo desaparece para dejar paso a una sensación de irrealidad donde sobra la razón y la lógica. Donde las emociones toman el control: sonríes, sientes y disfrutas cada segundo sin plantearte por un instante que no conoces a la persona que se encuentra entre tus brazos. Es una sensación cálida, agradable y escalofriante. Sobretodo escalofriante.

conexión a través del baile

¿Escalofriante? Justo eso.

De pronto, la razón vuelve a ti y comprendes que a la persona que estas abrazando la conoces de unos minutos, que no habéis intercambiado ninguna palabra y que, probablemente, no vayáis a hacerlo. Y sin embargo, sientes un nudo en el estómago que te hace sentir incómodo. Y es que conectar con un completo desconocido da miedo, mucho miedo.

El miedo a conectar con desconocidos

Nos han enseñado a divagar sobre temas superficiales. Acostumbramos a hablar sobre el tiempo, sobre qué hemos comido, hemos hecho o hemos visto, pero rara vez sobre qué nos ha hecho sentir.

Como decía el principito: “A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: ‘¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?’ Pero en cambio preguntan: ‘¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?’ Solamente con estos detalles creen conocerle.”

conexión con la mirada

Así que hemos asociado conectar con alguien a algo más, a algo lógico y racional: “Si he conectado con ésta persona es porque podríamos tener algo más, quizá podríamos ser novios. Quizá no debería bailar más con ella porque igual ésto solo lo he sentido yo….”

¡Deja de rayarte! Empieza a disfrutar la hermosa sensación de conexión per sé. Disfruta esa mirada intensa y profunda que te desnuda en un segundo. Disfruta de ese roce de manos que te provoca un escalofrío que recorre tu cuerpo de pies a cabeza. Y cuando todo acabe, que acabe, sin más.

No pasa nada, has conectado con otra persona.

Una mirada profunda a la conexión

Porque la conexión es algo natural, diario y sencillo. Es un emoción instintiva, empática y purificadora. Olvídate de buscarle un significado mayor y empieza a disfrutar de los efímeros momentos de cercanía tanto con personas conocidas como desconocidas.

Conectar es algo hermoso, que deberíamos fomentar en el día a día. Conectar te anima a desear acciones positivas a la persona que tienes delante y poco hay más hermoso que ese amor incondicional.

Además, conectar con otra persona, cualquier persona, es muy sencillo.  Puedes hacerlo bailando y dejando de lado todo tipo de prejuicios para disfrutar del instante sin pretender extenderlo al acabar la canción.

Y si no bailas, ¿de qué manera puedes sentir esa conexión irracional?

Seguro que hay mil formas de hacerlo. Muchas de ellas nunca las he experimentado y me gustaría conocerlas, así que te invito a compartirlas en los comentarios. Pero déjame compartir contigo la más sencilla de todas.

¿Alguna vez, estando en la discoteca, en un bar, en la biblioteca, has cruzado la mirada con un desconocido y has tenido la sensación de que el mundo se paraba? Entonces, ¿se puede detener el tiempo con sólo una mirada?